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Otoño en Nueva York

por Abel Díaz
Publicado: 15/12/2000  

Abel Díaz es licenciado en Filología Inglesa y un amante del cine inteligente, el que te hace pensar. Ha dirigido varios talleres de cine en distintas universidades.


Los ciclos del sol caen igual sobre el campo y la ciudad, y a la gran urbe llegan también los colores rojo y amarillo del Otoño. Los árboles caducos se miran en los espejos de los rascacielos neoyorquinos, a la vez que se van desnudando con tristeza. Y en este cuadro, tan acostumbrado como eterno, dos personas descubren un amor distinto. Esta es la historia, sencilla y profunda, que Joan Chen nos regala en su último largometraje.

Este otoño americano, con toda su poesía, no ha sido suficiente para dar lugar a una gran película, merecedora de premios. Quien espere una obra maestra de amor, llena de sutilezas, al estilo antiguo, será mejor que se ahorre la entrada. Sin embargo creo que la película es digna de verse, porque se trata de esas historias en las que uno se ve reflejado, como en un arroyo.

Por un lado está Richard Gere, prototipo de don Juan moderno, que empleando todas sus artes de seducción, su palabra astuta y medias verdades, acaba llevándose a todas a donde uno se imagina. Por otro Wynona Ryder, que es como un poema andante, ingenua, idealista y frágil.

Al don Juan norteamericano no ha había ninguna que se le resistiera, quizá porque todas entraron en su juego. Pero aparece esta chica, con todo su drama existencial y le hace detenerse. Y el gigante cae: me he acostado con más de un centenar, pero ¿qué he sacado en claro? ¿Le hemos de dar un premio? Resulta que el gigante tenía también los pies de plastilina y se desmorona. Por primera vez en la vida se da cuenta de que huye, de que tiene miedo; y al reconocerlo empieza a ponerse en sí mismo.

¿Hasta dónde está uno dispuesto a llegar en el amor? -plantea la película-. Y responde: si no se llega hasta el final, más vale salir corriendo o hacer teatro, porque si no, la vida me castiga.

El cómo se consigue tomarse en serio el amor no está tan claro. En la película se resuelve por lo dramático y creo que así sucede a menudo en la realidad. A veces es preciso tocar el dolor, para empezar a reaccionar. Es decir, al no huir de la circunstancia dolorosa, no huimos de nosotros mismos y se supera el problema.

Lástima que la película sea demasiado simple en la forma de plantear el romance, porque al personaje de Wynona, tan artístico y profundo, no le pega irse a la cama el primer día. Quizá el problema sea que para algunos norteamericanos al amor sea algo frívolo y sean incapaces de presentar una relación amorosa normal: primero se conoce uno y después viene todo lo demás. Si los maestros de la sugerencia -los grandes del cine clásico- vieran estas obviedades con que se muestra el amor se reirían.

Hay que alabar estos intentos de los americanos de autocrítica, pero señalamos su falta de sutileza.

Sin embargo, la historia es un romance en toda regla, con idealismo y encanto, y se disfruta al ver a Richard Gere, en otro tiempo playboy barato, sucumbiendo ante el verdadero amor.

Pienso que a más de uno la película nos puede ayudar a cuestionarnos ¿he amado alguna vez en serio, quemando todas las naves que me trajeron hasta aquí?

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