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Carlos II: El fin de una dinastía enferma

por Dr. Antonio Castillo
Publicado: 17/01/2005  

Dr. Antonio Castillo es Profesor Emérito de la Universidad Complutense y Presidente de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas


Carlos IISiempre he tenido un enorme respeto para estudiar a Carlos II como enfermo pues si cualquier personaje de los que hemos publicado tuvo un padecimiento fortuito o circunstancial como puede ser un traumatismo, una infección o una neoplasia, el último monarca de los Austrias fue un enfermo desde el mismo instante de su concepción hasta su muerte.

Una alteración cromosómica congénita que conocemos como Síndrome de Klinefelter, de decisiva trascendencia en este caso y una serie de problemas sanitarios, educacionales, ambientales, políticos y personales influyeron en aquel pobre tarado. Un último cohete de ese gran artificiero que fue Felipe IV culminaba con su sobrina la archiduquesa Mariana de Austria, la que fuera prometida de su hijo Baltasar Carlos, aquella “bárbara consanguinidad” de que decía Marañón. Doña Mariana y Felipe IV ya habían tenido cinco hijos: los dos primeros, niño y niña, murieron pronto; Margarita la gentil princesita de Las Meninas, casó con su primo el Emperador Leopoldo I de Austria y Felipe Próspero, que de lo segundo tuvo poco, murió a los cuatro años el l de noviembre de 1661, pérdida que se borró en menos de una semana pues el domingo 6 de noviembre nació “un robusto varón, de hermosísimas facciones, cabeza proporcionada, pelo negro y algo abultado de carnes” según apareció escrito del modo más adulatorio posible en la “Gazeta de Madrid”, cosa totalmente diferente de lo que comunicó el Embajador de Francia a Luis XIV pocos días después: ”El Príncipe parece bastante débil; muestra signos de degeneración; tiene flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello le supura” y más adelante, ”asusta de feo”.

No mucho cambió el aspecto de aquella criatura en años sucesivos que sólo conservó la cabeza grande. No menos de catorce amas de cría “titulares” y otras tantas “de respeto” elegidas entre 62 candidatas, le alimentaron durante cuatro años y no continuaron mas porque pareció indecoroso que el rey de España, puesto que ya lo era por haber muerto Felipe IV, estuviera todavía en el periodo de lactancia. A pesar de ese régimen, el niño era enclenque, no sabía hablar y tenía frecuentes catarros y diarreas. Otra cosa muy grave era su escasa musculatura pues hasta los seis años no pudo andar ni casi mantenerse en pie lo que nos permiten diagnosticarle un raquitismo carencial por falta de Vitamina D, agravado porque apenas le sacaban al aire libre y menos a tomar el sol por el temor a los enfriamientos. Como patología infecciosa diremos que además de los padecimientos bronquiales, a los 6 años tuvo sarampión y varicela; a los 10, rubeola y a los 11, viruela. Añádanse a esto, ataques epilépticos hasta los 15 que reaparecieron al final de su vida.

Pero lo más preocupante era su escaso desarrollo intelectual. Fue Carlos II un débil mental que solo pudo comenzar a hablar de modo inteligible a los diez años y nunca supo escribir correctamente; los maestros que le pusieron, ciertamente auténticos “pozos de ciencia” pero malos educadores, tampoco pudieron sacar mas partido de aquel cerebro estrecho y de otra pésima cualidad, la abulia y falta de interés absoluto por el estudio. Y sin embargo, a pesar de ese comportamiento estúpido que en vez de acudir a los Consejos, le hacía irse a la cocina para ayudar a preparar postres, a sus reacciones de cólera imprevistas, a su afición por el chocolate, que como asegura el Prof. Alonso-Fernández le llevó a una adición monoalimentaria de “chocoholismo”, sin embargo y a pesar de todas esas deficiencias, tuvo un enorme sentido de la Religión y sobre todo de la Realeza

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