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Carlos II: El fin de una dinastía enferma

por Dr. Antonio Castillo

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Mariana de Austria pintada por VelazquezTan retrasado física y mentalmente estaba que al cumplir los 14 años en que según el testamento de Felipe IV debía ser declarado mayor de edad, su propia madre, doña Mariana de Austria, consiguió que las Cortes mantuvieran su regencia dos años más y con ella la privanza de Valenzuela, increíble episodio tragicómico de aquella España sin rumbo y sin cabeza rectora. Todo lo tenía preparado don Carlos para ser coronado llamando a su hermanastro don Juan José de Austria, el primer bastardo que tuvo Felipe IV, pero bastó una larga conversación con su madre para que saliera llorando de la estancia y ordenara que don Juan José se retirara a Nápoles y Velenzuela a la Embajada de Venecia, cosa que no cumplieron pues el valido regresó enseguida a Palacio y el bastardo, poco después de un año, llamado nuevamente por don Carlos, reuniendo fuerzas en Cataluña y Aragón se acercó a Madrid, donde se le recibió triunfalmente en enero de 1677. Así culminó don Juan José una larga marcha hacia el poder eliminando a sus tres grandes enemigos. Ya en 1667 había logrado expulsar al Jesuita Padre Nithard, Confesor y Confidente de la Reina doña Mariana y en aquellos días iniciales del 77, capturar a Valenzuela acogido al Sagrado de El Escorial desterrándole a Cavite en las Islas Filipinas y sacando de palacio a la Reina Madre.

Poco duró a don Juan José la Privanza puesto que murió el 17 de septiembre de 1679 a consecuencia de una colecistitis calculosa según se vió en la autopsia. De nuevo don Carlos buscó a su madre prometiéndole, con lágrimas en los ojos, que nunca mas se separaría de ella y confió el gobierno al Duque de Medinaceli.

He relatado estos hechos históricos para demostrar una vez más la falta de interés en gobernar como si fuera consciente de su escasa capacidad y poca salud para regir aquel todavía vastísimo Imperio.

Maria Luisa de OrleansPero tampoco el Rey estaba en esas fechas para pensar en problemas políticos ni militares. A sus 18 años, su pequeño cerebro y su noble corazón estaban ilusionados con su próximo enlace matrimonial que precisamente había comenzado a negociar don Juan José después de la Paz de Nimega en 1678. La elegida era doña María Luisa de Orleáns, jovencita de 17 años, sobrina de su hermana María Teresa, esposa de Luis XIV. Don Carlos se había vuelto loco de amor al conocerla en un retrato, lo contrario que a ella le ocurrió a pesar de que el cuadrito de Claudio Coello venía rodeado en un riquísimo marco de brillantes.

Por circunstancias especiales que en otro momento relataremos, la boda se celebró el 18 de noviembre de 1679 en el pequeño pueblo de Quintanapalla, cerca de Burgos. Sin embargo, ni el entusiasmo de aquella primera noche ya en la Capital ni las del Buen Retiro de Madrid y luego en el Alcázar, ni la buena disposición de la reinecita lograron que se produjera el ansiado embarazo. María Luisa, al año, seguía tan virgen como vino pues ni se consumó el acto matrimonial ni la precocísima eyaculación del Rey “permitían simultanear ambas efusiones” como elegantemente escribían los Médicos de Cámara. Y es que la impotencia de don Carlos era verdadera. Don Carlos, he dicho que, como agudamente ha señalado el Prof. Alonso Fernández, es casi seguro que padeció un Síndrome de Klinefelter, enfermedad genética que consiste en una alteración cromosómica expresada por un cariotipo 47/XXY, es decir, que tienen un cromosoma X supernumerario, lo cual determina una hipofunción testicular, con genitales pequeños y testículos atróficos, una azoospoermia, o sea, falta de formación de espermatozoides e incluso estrechamiento y fibrosis de los túbulos seminíferos. Y ahí está la clave: Carlos II tenía líbido, moderada erección de sus pequeños genitales pero faltaba la secreción espermática, aunque no la prostática que la precede y que los médicos de la época no la distinguían y por eso hablaban de “eyaculación precocísima”. Incluso, en un alarde de investigación detectivesca, el Embajador francés, logró a través de la lavandería de Palacio unos calzoncillos del Rey para que dos médicos de su confianza determinaran si don Carlos era estéril o no. La opinión de un facultativo era positiva y negativa la del otro. Por aquellas fechas un comerciante de tejidos de Delf (Holanda) , llamado Anton van Leeuwerhoeck, ya había observado y comunicado a la Royal Society de Londres las células sanguíneas y los espermatozoides con un microscopio de su invención.

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