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Carlos II: El fin de una dinastía enferma

por Dr. Antonio Castillo

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Carlos II: El hechizadoMas no se terminó con ésto el problema pues desde Viena y enviado por Leopoldo I, llegó a Madrid otro visionario, el capuchino Fray Mauro Tenda que interrogó terroríficamente al pobre Monarca concluyendo que no estaba endemoniado pero sí hechizado y propuso un plan muy de tipo psicológico, concluyendo finalmente que “si la receta falla y el dolor persiste, será señal de que la dolencia tiene causas naturales y ha de ser curada por los médicos”.

Y aquí es donde llegan mis colegas que ayudan a mal morir al enfermo. Ya en marzo del 98 el Marqués D´ Harcourt escribía a Luis XIV: ”Es tan grande su debilidad que no puede permanecer más de una o dos horas fuera de la cama” y unos idas después, en otra carta: ”cuando sube o baja de la carroza siempre hay que ayudarle”. También señala la hinchazón de pies, piernas, vientre y cara y “a veces hasta la lengua, de tal forma que no puede hablar”. Suponemos que todo esto fuera debido a una nefropatia consecutiva a las infecciones por calculosis renal como se vió en la autopsia y además conocemos que presentó hematuria en varias ocasiones. Esta hinchazón de pies le obligaba a cambiar de calzado por la tarde. La fatiga era intensa y además presentaba con frecuencia diarreas incoercibles, en ocasiones provocadas por los mismos médicos para “eliminar la materia corrupta”. Como consecuencia de una de ellas, hizo 18 deposiciones y luego quedó inconsciente unas horas.

Patología muy compleja la del pobre Rey: edemas, fatiga, decaimiento, ataques epilépticos, diarreas, fiebres y encima, remedios increíbles: pichones recién muertos sobre la cabeza para evitar la epilepsia y entrañas calientes de corderos para sus procesos intestinales. A todo esto, se movían con la mayor celeridad con embajadores y partidarios de los pretendientes de aquel saldo de la monarquía Española: los austríacos y los franceses. Luchas increíbles en las que la Reina iba de un lado a otro de la contienda.

Desde septiembre de 1700 las noticias sobre la salud del Monarca se envían casi diariamente. El 5 de octubre escribe el Dr. Goleen: “Su Majestad recibió los Sacramentos e hizo testamento el día 2 aunque se ignora su contenido pues se guarda absoluta reserva. La enfermedad es grave pues en pocos días ha tenido más de 200 cursos (deposiciones); perdió el apetito y está extenuadísimo, al punto de parecer un esqueleto” Todavía duró tres semanas más. Extenuado, respirando fatigosamente, haciendo sus numerosas deyecciones en la cama y tras dos días en coma, precedido de una fiebre alta, murió el día l de noviembre de 1700 “entregando su alma a Dios a las dos y cuarenta y nueve de la tarde”. Enseguida se hizo público el testamento en el que nombraba sucesor al Duque de Anjou, el futuro Felipe V.

En la autopsia apareció el corazón muy pequeño, “del tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos, los intestinos putrefactos y gangrenosos, en el riñón tres grandes cálculos, un solo testículo, negro como el carbón y la cabeza llena de agua”.

Así terminó la dinastía enferma y Carlos II, una patología completa.

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