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  Andando y pensando

por Abel Díaz
publicado el 1 Abril 2000

"Andando y pensando. Caminar despacio, lentamente, por la calle; caminar, como un regodeo, después del largo trabajo. Dejar, escurrir, explayar la vista por las fachadas de las casas, por los transeúntes, o por la faz de una bella mujer, por el ancho cristal de un escaparate. No pensar en anda. Y de pronto, en la sobrehaz de la conciencia, una lucecita, un estremecimiento, una vibración: la idea, la continuación de la idea, la prosecución del trabajo mental que habíamos clausurado. Discontinuidad. Incordinación en la apariencia. Coordinación profunda. La vida cerebral que continúa clandestina, sin quererlo nosotros. (...). Andando y pensando. Pensar siempre; caminar siempre. Hasta el supremo, definitivo, eternal descanso..."

Un día de 1929, Azorín paseaba plácidamente por el Parque del Retiro. Era un día de los que pertenecen a la historia pequeña: sin estridencias de ningún tipo, todo normalidad. Nuestra ciudad aún no se había convertido en la gran urbe, bulliciosa, de rápido andar y fumarolas grises en el cielo, cosa que hacía el paseo de Azorín doblemente plácido.

¿Y qué contemplaba el maestro en su paseo por el Parque? Observaría los mismos castaños de Indias que hoy lucen sus verdes haces de hojas, el mismo ahuehuete centenario bajo el que los soldados de Napoleón tomaron la sombra. Fijaría la vista en el albero, en las nubes, en las viejas fachadas de casas solariegas, algo más blancas que en el presente. Todo, en suma, lo que cualquier ciudadano actual podría contemplar en un paseo al salir del trabajo.

En apariencia ambas caminatas serían similares; pero probablemente sólo en lo aparente. Para Azorín y cuantas almas sensibles han convivido con nosotros a lo largo de la historia, la rapidez constituía uno de los grandes enemigos en la vida. Con la rapidez uno se centrifuga, vive hacia fuera. "aprendamos a andar, aprendamos a respirar, aprendamos a comer", decía.

No hallamos el tiempo para que un edificio, un árbol, el cielo nos interpelen ¿Qué es la sensibilidad si no un dejarnos reclamar por la belleza que habita en las cosas? ¿Cómo descubrir entonces la profundidad de las personas a quienes tratamos cada día? Si no encontramos profundidad en lo más pequeño, en lo sencillo, ¿Cómo esperar descubrir la grandeza que dice tener el hombre, la capacidad de vibrar ante lo espiritual, de amar con un amor que no se acabe, que a veces hemos vislumbrado en aquellos que nos rodean? He aquí el dilema: Trabajarnos hacia adentro o trabajarnos hacia fuera; desarrollar nuestra sensibilidad, cultivar la parte espiritual, en medio de la prisa y de lo "dado", lo convencional.

Algunos se preguntan "¿Por dónde andan hoy los hombres espirituales, las almas sensibles? Y replicamos: Nuestras calles están pobladas de verdaderos genios ambulantes, gentes con corazón grande y alma sensible, artistas y poetas, románticos y apasionados. Pero estas riquezas insondables permanecen casi siempre recatadas y ocultas.

Desarrollar la sensibilidad no debería ser algo opcional en el hombre. Si Dios nos ha otorgado ese don, el de la sensibilidad espiritual hacia las cosas y hacia las personas, debería este regalo afinarse y mantenerse siempre a punto. Poseer una fina sensibilidad es sinónimo de saber mirar con hondura, que equivale a su vez a saber amar, a hacer propio lo ajeno. Una de las enfermedades endémicas de nuestro siglo es la sensibilidad burda, ahogada por la frivolidad. La gente se habitúa a una vida sin relieve, sin colorido, a un dulce dejarse llevar...

No es lo mismo ocuparse en desarrollar la sensibilidad que no hacerlo; no se trata de una cosa opcional. La diferencia en el resultado es la misma que entre un gorila y un poeta.

¿Y cuáles son las herramientas para desarrollar esta sensibilidad?: El arte y el amor inteligente. Con ellas el hombre, la mujer, construye su verdadera identidad. Una persona sensible está eficazmente pertrechada para cualquier frente: para la familia, el trabajo, el desconsuelo, la educación, la diversión, etc. El que no labra su sensibilidad se torna frío, indiferente, se acostumbra a lo zafio, a lo mediano, a la enfermedad del hermano. Su mente se vuelve roma, estrecha. Se olvida de que lo propio del hombre es crear, imaginar, amar. Empequeñece su existencia. Estas son las graves consecuencias del que no cultiva el arte ni sabe amar. Yo le ruego a menudo a Dios que me enseñe a amar con un amor de calidad, con un corazón inteligente como el suyo.

Pero para que el arte y el amor ayuden a desplegar la sensibilidad, se necesita también cierto carácter reflexivo. Porque existe un término medio en el cultivo de la sensibilidad, la del que ve el arte como algo externo, como un producto y no como un reclamo espiritual; y por tanto no extrae de él consecuencias para la vida. En una película, en un cuadro, en un libro, en el matrimonio, hay que aplicar siempre una mente analítica, sin caer en el extremo de querer sistematizarlo todo. ¿Por qué no me gusta esta obra de arte? ¿Qué pretenderá el autor? Y las conclusiones las apuntamos en nuestra "agendita" particular, que releeremos con el tiempo y nos irá obteniendo una mente crítica, un juicio propio, independiente.

A veces, salir del letargo espiritual en que uno se encuentra no es cosa fácil. Por eso, para concluir este nuestro primer artículo, sugerimos un simple propósito: cultivar las relaciones "vitalizantes"; es decir, entre aquellas personas con quienes seamos más nosotros mismos, con quienes sintamos que tocan las aspiraciones más profundas de nuestro ser.

Abel Díaz es profesor de inglés y licenciado en Filología Inglesa y lleva algunos años formándose e investigando la psicología humanista, a través de la escuela de origen francés PRH (Personalidad y Relaciones Humanas) extendida actualmente en todo el mundo.


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