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  El caballero de la Armadura Oxidada

por Abel Díaz
publicado el 20 Noviembre 2000

El caballero de la armadura oxidada. Robert FisherHace unas semanas un amigo me regalaba un libro del que no había oído hablar en mi vida. La dedicatoria decía así: "¡Compañero de camino, en esta cruzada para conquistar el Santo Grial... ". A este amigo y a mí nos gusta establecer paralelos entre las luchas de caballeros medievales y la vida; así que el regalo me pareció venir al pelo. Sería un poco largo dar más detalles sobre la dedicatoria, el Santo Grial y demás.

Desde aquel entonces hasta el día de hoy, he vuelto a oír el título del libro numerosas veces y me he dado cuenta de que se trata de un "joven clásico" en la literatura norteamericana y de un libro muy conocido en muchos otros países.

¿Qué tendrá este libro? Me pregunto ahora, igual que antes-. Pues si el mundo fuera normal, no creo que tuviéramos entre manos una gran obra. De ahí lo sorprendente de este librito. No me dio la impresión al ir paseando la vista por sus páginas, de que el autor estuviera aportando nada especial a la historia de la filosofía o la espiritualidad. Y quizá por eso su grandeza. Como dice Alan Poe en sus cuentos de detectives: lo más obvio es a veces lo más imperceptible al ojo.

Yo creo que Robert Fisher, el autor, habrá experimentado una sensación, hace ya mucho tiempo, por la que más de uno habrá pasado, al menos yo-. A veces me digo a mí mismo: Este mundo es extraño. Me parece que, o yo soy raro o el mundo es raro. Por favor que me manden a otro planeta, porque yo este no lo entiendo. ¿No podrían hacerse las cosas mucho mejor? ¿Tan difícil es ser persona?.

Y creo que, al calor de una pequeña rebeldía del estilo, nacería este libro: El caballero de la armadura oxidada. En él, un caballero medieval llega a hacerse famoso por su armadura, que compite en esplendor con el sol. Nadie puede vencerle en batalla alguna y así va subiendo puestos y ganando fama. Pero está tan ufano de su armadura que nunca se la quita: su hijo apenas conoce su rostro y su mujer está ya harta. De tanto insistirle, decide quitarse la armadura, pero no puede...

Todo esto me suena. Parece la alegoría de nuestra vida. Nos ponemos encima algo en parte ajeno a nosotros para ganarnos a los demás: estudios, apariencias, vestidos... y los hacemos tan connatural a nosotros que se convierten en una segunda piel. Y a nadie le extraña porque cada cual cuenta con su armadura, labrada durante años. Pero alguien sensible se cruza en nuestro camino y nos suelta: ¿adónde vas con tamaño fardo encima? ¡Libérate hombre!. Y nosotros empezamos a caer en la cuenta de cuántas son las esclavitudes que vivimos, aunque no sabemos cómo despojarnos de la armadura.

Pero la historia continúa: nadie puede arrancar la armadura de la piel del caballero, ni siquiera el herrero más fornido. De repente un hombre sugiere ir en busca del mago Merlín y así se hace.

El caballero emprende la ruta y camina durante no sabe cuánto, hasta que hace un alto en un bosque cansado y desalentado. En el camino este hombre se había dado cuenta de muchas cosas. Sobre todo se había percatado de que sabía poco, que no conocía el bosque ni tantas cosas que le podrían haber ayudado en la ruta. Es entonces cuando aparece Merlín, que le hace caer en la cuenta de que no lleva perdido meses sino toda la vida. Que sólo había visto un poco de luz al empezar a reconocer su pobreza, sus anhelos; cuando -en una palabra- había sido humilde y no de había conformado con las teorías que los demás e incluso él mismo le presentaban.

Aquí empiezan una serie de tareas que no contaré al detalle para no estropear el libro. El caballero tendrá que caminar por el sendero de la verdad, llegar al castillo del silencio y salir, llegar al castillo del conocimiento y salir también y por último acceder al castillo de la voluntad y la osadía.

La senda de la verdad le lleva a ponerse delante de su vida sin tapujos: ¿quién soy? ¿qué quiero?, ¿qué busco? Me suenan estas preguntas. Quizá el que no haya recorrido la senda de la verdad no se las haya formulado nunca. Pero para llegar a ellas hay que pasar por el castillo del silencio: sin ruidos, sin voces, sin amigos. Uno delante de sí mismo. Esta prueba para el caballero es más dura que muchos combates. ¡Atreverse a estar sólo y dejar que todas sus insatisfacciones hablen por sí solas!

En el castillo del conocimiento, el caballero debe dar un paso de comprensión: Con el corazón ya ha empezado a sentir, a entender que en su vida falla algo. Pero ahora ha de entenderlo con la cabeza. ¿cuál es la verdad? Cada vez se da más cuenta de que la respuesta para su vida está dentro de él y de que su problema era que sabía de todo menos de la vida y que tenía que empezar a liberarse de cosas, hasta llegar a lo más profundo de sí.

En el castillo de la Voluntad y la osadía es donde ha de enfrentarse a los miedos que se oponen al cambio radical que se le propone... hasta llegar a la cima de la verdad.

Cuando leí el libro me parecía que muchos descubrimientos que había conquistado en la vida -con dolor- estaban plasmados en la historia de este aventurero, y lo peor: que toda esta filosofía de vida era tan sencilla y connatural a mí mismo que no sé bien porque no había llegado a ella antes. La respuesta me la dio un amigo en Irlanda, hace dos años: Me preguntó; ¿cuántos años tienes? Veintiocho, respondí. Pues creo que llevas 28 años oyendo mentiras. Incluso de la gente más querida. De la sociedad, de un sistema cerrado que es de todo menos libre, y que quiere imponerte una imagen de quien no eres en vez de dejarte ser quién eres.

Y esta es la respuesta del caballero de la armadura oxidada: somos amor y si no amamos nos destruimos y nos hacemos pequeños hasta consumirnos en la mediocridad. Fácil ¿no?

Abel Díaz es profesor de inglés y licenciado en Filología Inglesa y lleva algunos años formándose e investigando la psicología humanista, a través de la escuela de origen francés PRH (Personalidad y Relaciones Humanas) extendida actualmente en todo el mundo.


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