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  ¿Conozco mi corazón?

por Abel Díaz
publicado el 10 Noviembre 2000

Dice la voz popular que la primavera la sangre altera. Pero la verdad es que no hay tiempos ni eras mejores para el amor. A juzgar por mis amigos habría que decir que el otoño alcanza el corazón de los enamorados, porque últimamente me viene la gente con la afectividad en ascuas, lo que me hace pensar en la intemporalidad del amor y también en el desconocimiento del propio corazón.

Quizá a veces andamos como estancados en la vida porque no conocemos el corazón de las personas que nos rodean: ¿Me querrá, no me querrá?, y se nos van las horas deshojando margaritas; pero tampoco conocemos nuestro corazón. Me gustaría que el artículo de hoy fuera un ejercicio de indagación en el motor del amor, nuestro corazón.

Yo siempre digo que lo mejor que tengo es el corazón. Me considero un animal amoroso más que racional. La cabeza toma decisiones pero es el corazón el verdadero motor de mi vida. Me considero una persona sensible, que vibra con aquello que creo que merece la pena. No me da vergüenza llorar, ni mostrar entusiasmo ante lo que reclama mi atención, aunque el que esté a mi lado no vibre igual que yo. Pero pienso que si el corazón es una fuente de turbulencias, inestabilidad, desasosiego... algo falla. Por eso digo mucho que hay que trabajarse el corazón. La primera pregunta que se me ocurría hoy es ¿Creo que conozco mi propio corazón? ¿Mis sentimientos son un altavoz de la realidad o una fuente de confusión? Porque están llamados a ser lo primero.

Al respecto, pienso que puede ayudar mucho en la vida la siguiente verdad: los sentimientos son un apoyo, pero no una base sólida independiente. Yo les doy mucha importancia, porque para mí, repito, lo mejor que tengo es el corazón. Pero hay unos sentimientos profundos y otros superficiales. Los profundos son los que hay que cultivar y tienen que ver con nuestra identidad. Nos dicen que estamos haciendo algo que nos hace buenos, que nos construye; y son espejo, altavoz de la realidad. No se puede uno quedar con el altavoz mirándolo y remirándolo sino que hay que saber disfrutar la música y captar el mensaje.

Pero hay que saber también que el corazón se va y el corazón se pone: las dos cosas. Se trabaja. El corazón no es un músculo irracional. Hay siempre un margen de misterio que se nos escapa en el campo del amor y de los sentimientos; y gracias a Dios, porque si algo tiene el amor de atractivo es lo espontáneo e inesperado, lo sorpresivo, la creatividad. Pero también hay todo un terreno donde el amor es intencional, se trabaja se dirige, hasta el punto de decir que uno es dueño de su propio corazón. Si fuéramos verdaderos dueños de nuestro corazón, en el sentido más profundo de la palabra, iríamos reinando por el mundo, sin miedo a nada.

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GladiatorHay una película llamada Gladiator en la que el protagonista, Máximo, general de los ejércitos del norte se pasa casi tres años sin ver a su mujer y a su hijo, por encontrase en campaña militar. Sin embargo ningún espectador duda de que se trata de un hombre profundamente enamorado. ¿Cómo es posible después de tanto tiempo? Porque este hombre sabe que el corazón se va, pero también se pone. Trabaja el corazón; piensa una y otra vez en los que ama y guarda su corazón. Vive con intensidad y centra sus fuerzas en un solo punto. Y esto es muy importante para la solidez emocional. Poner y reponer el corazón en las realidades que hemos experimentado que merecen la pena. Es clave que los sentimientos tengan una base real. A veces sufrimos porque ponemos el corazón en futuribles, sueños fantásticos, y se nos van las fuerza con algo que ni siquiera existe... Me viene a la memoria una amiga, enamoradiza como ella sola, que se pasaba el día suspirando por quienes no correspondían a su amor. Qué pena gastar tantas fuerzas en algo que ni siquiera existe, porque no había ningún fundamento real, objetivo, que pudiera hacer pensar que las otras personas le correspondieran.

Yo a veces me pregunto ¿creo que pongo el corazón en algo que tiene fundamento real y que merece la pena? Se trata no sólo de apoyarse en la realidad para evitar frustraciones y derroche de energías, si no de que los sentimientos se sustenten en lo que merece la pena.

Decir si lo que estamos construyendo tiene algo de realidad o no, está al alcance de todos; otra cosa es que la gente no se quiera enfrentar con la realidad. Pero decidir dónde merece la pena poner el corazón, es batalla que no libra cualquiera. Me parece que hay mucha inmadurez en el terreno afectivo y la gente va como desparramando el corazón en vez de ponerlo en lo mejor que tienen. Hace unos días hablaba con un amigo mío misionero y le compartía cierta inquietud: ¿por qué es difícil ver parejas casadas, maduras, que sean envidiables, que se quieran mucho, como al principio, y que vayan despertando amor por donde pasen? Mi amigo me respondía, sin dudarlo: Porque falla lo humano. Hay mucha inmadurez. También en personas adultas y ancianas. No dan el carnet de madurez al cumplir los 18, ni al irse de casa y conseguir un trabajo.

¿Y en qué merece la pena poner el corazón? La respuesta, a pesar de todo es bien fácil. Sin duda en la gente, pero no de cualquier modo, sino como dice Martín Buber, como si no existiera otra persona en el mundo. A mí me ayuda pensar que habrá siempre un grupo de personas a mi alrededor a quien me toca amar de modo especial, sobre las que tengo que poner el corazón. Y no hay aventura mayor. Todo lo demás: un coche, una casa, un trabajo... se me queda chico en las manos. Así que ya tenemos tarea para el mes, como me decía un amigo en cierta ocasión: ¿te has propuesto amar alguna vez a una persona hasta el final? Propongámonoslo y veamos que sucede…

Abel Díaz es profesor de inglés y licenciado en Filología Inglesa y lleva algunos años formándose e investigando la psicología humanista, a través de la escuela de origen francés PRH (Personalidad y Relaciones Humanas) extendida actualmente en todo el mundo.


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