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  Parábola del trabajador cansado

por Abel Díaz
publicado el 1 Mayo 2000

El otro día, estando en casa disfrutando de un día de vacaciones, me llamaba un amigo y me hacía la siguiente proposición: "¿Por qué no vamos a ver la última película de Scorsese?" Yo al principio me mostré un tanto reacio, ya que las películas de este director tienen reputación de crudeza y no me apetecía ese día salir del cine deprimido. Al final accedí y esto fue lo que ocurrió: La película poco a poco fue entrando en la noche neoyorquina con la dureza esperada, pero con una luz diferente a otras de sus obras; y al acabar la historia de Scorsese, pensaba: He aquí una parábola del hombre moderno. Se podría denominar parábola del trabajador cansado.

Para el que no haya visto la película -no voy a contar el final- la historia transcurre así: Varios conductores de ambulancia van pasando por la cámara en plena acción profesional, siempre al borde de la tragedia humana. Recorren por las noches las calles intentando salvar vidas, que así es como se llama la película en inglés ("bringing out the dead"). Pero me fijaba en las distintas actitudes de los cuatro o cinco conductores que aparecen en la película. No hay duda de que el trabajo es de extrema dureza, y si existe una profesión donde quepa desgastarse esa es la de conductor de ambulancia, y más aún en las calles neoyorquinas. La realidad, insoslayable, es por tanto la de un trabajo objetivamente cansado y desalentador.

Ante tal realidad, los conductores optan por afrontar su trabajo de modo distinto. Nicolas Cage es consciente de la importancia de su pequeño papel. Por sus manos pasan vidas. No cabe el desaliento. Pero el hecho es que, a pesar de su buena voluntad, se encuentra no cansado, sino abrumado, incapaz de proseguir. Pero ha caído en una inercia tal que no es capaz de afrontar su trabajo con normalidad, pero tampoco se atreve de marcharse. Es lo que se conoce habitualmente como bloqueo existencial.

Otro conductor, en sus días jóvenes, tendría quizá la misma buena voluntad de Nicolas. Pero ante la dura jornada nocturna, ha optado por el cinismo. Ya que no puede soportar el dolor, se recrea en él. Se ha vuelto insensible ante el sufrimiento, y va por ahí burlándose de todo, incluso de sí mismo. Su vida es una especie de burla irónica.

Hay otro que no parece haberse enterado de qué va la historia, y un cuarto que ha asimilado su trabajo a pesar de la aspereza, e incluso goza realizándolo.

Yo, al compararme con estos cuatro hombres, me sentía identificado con todos. Frente a la realidad dinámica del trabajo y de todo lo que traigo entre manos, paso por las facetas de todos los conductores. Y obviamente aspiro a la actitud del último. Veo que en mi caso, y quizá en el de muchos otros, es preciso una lucha continua por reconciliarme con el trabajo. Salvo casos de trabajos en condiciones infrahumanas o desmoralizadoras, tengo la impresión de que no se trata tanto de este o aquel trabajo, como del ambiente interno que vayamos creando al realizarlo. En mi situación, me veo llamado a una continua reconciliación con la tarea que me ocupa -la de profesor de inglés-. Lo ideal, dicen algunos, sería realizar el trabajo ideal. ¿Pero es esto posible? No digo que no haya que aspirar a ello, pero el hecho es que hay millones de hombres que no gozan ni gozarán nunca del trabajo ideal. Y en tal caso es más importante aún la reconciliación con la propia labor. Si vamos a pasar un tercio de nuestra vida trabajando, ¿no es mejor que disfrutemos de ello? Además, desde una tarea que no nos guste, en un ambiente sereno, siempre es más fácil buscar otro quehacer.

¿Cómo reconciliarnos con nuestra labor diaria? En primer lugar no dejar que la queja nos corroa por dentro. No tenerlo como un fardo que nos roba parte del día, sino como una actividad que forma parte de nuestra vida y a la que hay que ir a disfrutar al máximo, dentro de lo disfrutable.

Ser muy conscientes de la trascendencia del trabajo. Abrir puertas a la trascendencia. Ir creando un clima interior de paz, de serenidad. En vez de quejarnos y lamentarnos, saborear que por pequeña que sea nuestra tarea sirve para mucho. Por un lado si lo hacemos bien es un gran servicio a los hombres pero, aparte, -si tenemos fe-sólo Dios sabe la fuerza que está sacando de nuestro cansancio para ayudar a otros. Algunos podrían decir: qué bonito suena, pero verás Nicolas Cage me llega al altura del talón en cuanto a calcinamiento se refiere. Muy bien, partamos de ahí; desde la derrota, desde el enfado, el haber trabajado de forma distinta a lo planeado, etc. Es importante en el trabajo reconciliarse también con uno mismo. No decir: estoy mal, da todo igual, la gente ha visto mis incoherencias, tiro la toalla, soy uno más... No. Decía San Pablo "desde donde estoy me lanzo hacia la meta". Si nos vemos mal, desde ahí, sabiendo que contamos con las fuerzas de las personas que nos quieren.
Hay que darse cuenta de que proponerse una labor seria crea ciertas tensiones: cuidado con el peligro de ser la alegría de la huerta, de intentar dominar a la gente con nuestra bondad; intentar caer bien siempre. Exigir a los compañeros de trabajo es amarles. El que quiere caer bien a toda costa pierde fuerza, a pesar de ser muy popular.

También hay que saber observar. Vayamos al trabajo a aprender de los demás; dejémonos servir por ellos, ya que dejarse querer no es fácil.

En definitiva, se trata de descubrir por dónde se nos va la fuerza en el trabajo, delimitar "los agujeros del balde" y abordar los problemas, teniendo en cuenta que el ambiente externo es siempre fruto del interno y que la verdadera reconstrucción se opera dentro de uno mismo.

Abel Díaz es profesor de inglés y licenciado en Filología Inglesa y lleva algunos años formándose e investigando la psicología humanista, a través de la escuela de origen francés PRH (Personalidad y Relaciones Humanas) extendida actualmente en todo el mundo.


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