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  La vida es lo único que tienes

por Abel Díaz
publicado el 1 Marzo 2000

Hoy iba por la calle y caía en la cuenta de algo bonito: Nunca he comprado un billete de lotería ni he echado una quiniela. Quizá -pensaba- sea porque mi padre ha comprado tanta que ha sembrado en mí el efecto contrario. Sin embargo, el cartel anunciador que reclamaba mi atención era apetitoso: bote de 208 millones. Aún así, me decía: "Voy a seguir manteniendo este record existencial. ¿Para qué anhelar algo que no tengo en vez de celebrar lo que ya poseo? Ya tengo el mejor de los premios: toda una vida, para amar".

A veces anhelamos cosas que no tocan lo más hondo de nuestro ser, porque tenemos miedo a la libertad. Es más sencillo jugar a imaginar o movernos en el terreno de lo seguro, que arriesgarse. Y amar es arriesgarse; tomar decisiones tiene implicaciones que pueden afectar a todo el porvenir, y es más fácil dejarse llevar... Nos acordamos de nuestra vida pasada, de la esclavitud, que era asequible: "comíamos cebollas pero era cómoda la vida. Más vale malo conocido que bueno por conocer. ¿Para qué complicarme la existencia?" Con estos pensamientos, las grandes figuras de la historia se hubieran quedado en casa.

Y es que valemos demasiado para que cualquier cosa nos llene. Nuestra valía es mucho mayor que la del bote especial que hoy se me cruzaba en el camino. Con todo aquel dinero no se compra a la persona más tirada del mundo. Y ante el valor de la vida... yo me pregunto, ¿qué hago con ella? ¿con qué la lleno? Porque es demasiado grande para ocuparla con cualquier cosa. No es lo mismo llenar la vida de horas, que llenar las horas de vida.
Vamos a hacer, en el corto espacio de este artículo, un recorrido por las diferentes actitudes que los hombres tomamos ante nuestra biografía.

A muchos la vida se les queda grande. No saben qué hacer con tamaño regalo; incluso lo ven como carga o lucha imposible. Entonces la llenan de actividades, de cientos de actividades. Acción, trabajo, salidas... No hay tiempo para pararse y calibrar adónde vamos tan rápido, porque hacerlo sería enfrentarse con un vacío interior.
Otros creen que cuando más alto lleguen más han vivido: aprenden inglés, lenguajes informáticos, estudian, escalan puestos en la empresa. Y siempre sueñan con llegar a más.

Algunos piensan que vivir mucho es poseer mucho: microondas, el coche más admirable, y toda suerte de comodidades en casa: son las llamadas casas museos, donde se acaparan cosas por si acaso algún día...
Los hay quienes ya se han rendido; han tenido malas experiencias y han echado el ancla en una vida pequeñita, llena de seguridades.

Pero son pocos los que han arrojado el ancla en el amor. A veces intuimos que sólo las personas son capaces de llenarnos el corazón, pero incluso así, podemos errar el camino. No debemos acercarnos al amor, a las personas, como el náufrago que anhela a toda costa aferrarse a un madero o a un chaleco salvavidas. Porque si nos asimos así a las personas, podemos hundirlas. En otro artículo hablaremos de las consecuencias que esta actitud puede suponer en la vida de pareja. Pero el gran descubrimiento no consiste únicamente en darnos cuenta de que sólo por amor merece la pena vivir; sino en descubrir dónde está la fuente de ese amor y cómo mantenerlo vibrante, hasta el final de nuestros días.
Frente a todas estas actitudes, la realidad es la misma: Queremos vivir intensamente. Queremos acabar el día cansados, pero por algo que merezca la pena. Poseer una vida plena, que desborde. No ir por ahí mendigando nada, ni siquiera amor; darnos cuenta de que el amor está dentro de mí y lo tengo en cantidades abundantes para llenarme a mí y a todo el que se cruce por delante.

Ante todo esto, cabe decir: tantas horas de TV ¿para qué? Tantas actividades que no me aportan nada, ¿para qué? Al final de la vida no me recordarán por lo que compré, o porque fui un gran profesor de inglés o un gran vendedor. Me recordarán por lo que amé. Sería bonito si pudieran escribir en nuestra tumba el siguiente epitafio: amó mucho y amó a muchos.

Cuando, hace unos días, hablaba en estos términos con un amigo, me decía: "La verdad es que me siento interpelado, pero soy un poco escéptico. ¿Qué hacer?" Y yo le contestaba. La inquietud no es más que un reflejo vital, un coleteo del corazón que dice: es cierto, aspiro a más. ¿qué hacer entonces? Pues seguir dejando que nuestro interior se queje. Detrás de las quejas, del dolor, decía Ignacio de Loyola, si seguimos escarbando encontraremos nuestros mayores anhelos, a menudo llamadas claras a echarse andar por otros caminos. Pero no quedarnos en la queja, sino rebelarnos. El descubrimiento, tan viejo como el hombre, es darse cuenta de que estamos llamados a un crecimiento continuo en el amor. Y toda la vida es proceso. La felicidad, como dice Julián Marías tiene algo de estático, de instalarse en lo que verdaderamente merece la pena; pero también tiene algo de dinámico, de hacerse. El hombre, es por naturaleza un buscador, pero en la práctica nos rendimos pronto y nos vendemos a bajo precio.

Y ese hacerse, que propone el filósofo, no consiste en hacer muchas cosas sino en ser honrado consigo mismo y decirse: "esto se me queda pequeño, no me conformo" y seguir buscando hasta encontrar aquello para lo que estamos hechos: un amor sin medida, que no se desgasta, sino que se regenera al amar.

Abel Díaz es profesor de inglés y licenciado en Filología Inglesa y lleva algunos años formándose e investigando la psicología humanista, a través de la escuela de origen francés PRH (Personalidad y Relaciones Humanas) extendida actualmente en todo el mundo.


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