Un día de 1929, Azorín paseaba plácidamente por el Parque del Retiro. Era un día de los que pertenecen a la historia pequeña: sin estridencias de ningún tipo, todo normalidad. Nuestra ciudad aún no se había convertido en la gran urbe, bulliciosa, de rápido andar y fumarolas grises en el cielo, cosa que hacía el paseo de Azorín doblemente plácido. ¿Y qué contemplaba el maestro en su paseo por el Parque? Observaría los mismos castaños de Indias que hoy lucen sus verdes haces de hojas, el mismo ahuehuete centenario bajo el que los soldados de Napoleón tomaron la sombra. Fijaría la vista en el albero, en las nubes, en las viejas fachadas de casas solariegas, algo más blancas que en el presente. Todo, en suma, lo que cualquier ciudadano actual podría contemplar en un paseo al salir del trabajo. En apariencia ambas caminatas serían similares; pero probablemente sólo en lo aparente. Para Azorín y cuantas almas sensibles han convivido con nosotros a lo largo de la historia, la rapidez constituía uno de los grandes enemigos en la vida. Con la rapidez uno se centrifuga, vive hacia fuera. "aprendamos a andar, aprendamos a respirar, aprendamos a comer", decía. No hallamos el tiempo para que un edificio, un árbol, el cielo nos interpelen ¿Qué es la sensibilidad si no un dejarnos reclamar por la belleza que habita en las cosas? ¿Cómo descubrir entonces la profundidad de las personas a quienes tratamos cada día? Si no encontramos profundidad en lo más pequeño, en lo sencillo, ¿Cómo esperar descubrir la grandeza que dice tener el hombre, la capacidad de vibrar ante lo espiritual, de amar con un amor que no se acabe, que a veces hemos vislumbrado en aquellos que nos rodean? He aquí el dilema: Trabajarnos hacia adentro o trabajarnos hacia fuera; desarrollar nuestra sensibilidad, cultivar la parte espiritual, en medio de la prisa y de lo "dado", lo convencional. Algunos se preguntan "¿Por dónde andan hoy los hombres espirituales, las almas sensibles? Y replicamos: Nuestras calles están pobladas de verdaderos genios ambulantes, gentes con corazón grande y alma sensible, artistas y poetas, románticos y apasionados. Pero estas riquezas insondables permanecen casi siempre recatadas y ocultas. Desarrollar la sensibilidad no debería ser algo opcional en el hombre. Si Dios nos ha otorgado ese don, el de la sensibilidad espiritual hacia las cosas y hacia las personas, debería este regalo afinarse y mantenerse siempre a punto. Poseer una fina sensibilidad es sinónimo de saber mirar con hondura, que equivale a su vez a saber amar, a hacer propio lo ajeno. Una de las enfermedades endémicas de nuestro siglo es la sensibilidad burda, ahogada por la frivolidad. La gente se habitúa a una vida sin relieve, sin colorido, a un dulce dejarse llevar... Copyright 2000 - 2013 © Rent & Buy S.A. |
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