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El tiempo y la sabiduría de vida

por Abel Díaz
Publicado: 13/06/2003  

Abel Díaz es profesor de inglés y licenciado en Filología Inglesa y lleva algunos años formándose e investigando la psicología humanista, a través de la escuela de origen francés PRH (Personalidad y Relaciones Humanas) extendida actualmente en todo el mundo.


Las relaciones humanas constituyen un capítulo importante, quizá el que más, en la vida de cualquier persona normal. Por eso el mucho abundar en esta realidad, el aprender y reaprender de cada experiencia se antoja siempre insuficiente. Probablemente se sientan algunos, en ocasiones, confundidos, abrumados, por lo complejo de ciertas compañías. Intentan querer, abrirse, darse, llegar a un entendimiento, conciliar las voluntades y sin embargo se han de contentar, con frecuencia, con la decepción de no haber podido edificar la unidad con fulano o mengano; incluso tratándose de un ser querido y a pesar de los empeños tímidos o de mayores esfuerzos.

¿Qué ocurre en el mundo de las relaciones? ¿Tan complicados somos los seres humanos que no somos capaces de llegar a un acuerdo en lo más elemental? Lamentablemente la historia de la humanidad, junto a grandes ejemplos de brillo del espíritu, está continuamente empañada de oscuros desenlaces: guerras, hostilidad con el vecino, invasiones...; por no hablar de las batallas domésticas que tantas personas han librado en su solio particular: el de la familia, conocidos, allegados...

¿Hablamos de un imposible? Como casi siempre en la base del problema hay distintas puertas, pues el árbol de la discordia humana tiene muchas raíces. Por un lado está la cuestión de con quién queremos alcanzar la unidad; pero también el nivel de unión al que aspiramos. A todo el mundo le agrada caer bien, ser aceptado y reconocido por los compañeros. Y hasta cierto punto, ese reconocimiento es una necesidad psicológica; pero ¿no es extraño caer bien a todos? Y, ¿no es igualmente singular caer a todos mal? La autenticidad y la madurez adulta deberían llevar a, siendo flexible cuando se pueda, intentar vivir aquello que se es, caiga bien o caiga mal.

Si uno es feliz con lo que es y ha atesorado, querrá compartirlo. Y si eso que es y que tiene es digno de prodigarse, siempre habrá alguien que se abrigue al amparo de nuestro amor, y viveversa. Pero la cosa no es tan sencilla; de lo contrario, no existiría tanto abrupto y discontinuidad en la historia de las personas. A toda relación hay que sumarle siempre varios ascendientes y sería largo hablar de todos. Pero dos de ellos, importantes, son el tiempo o la perspectiva, y un mínimo de psicología, sabiduría interior, conocimiento espiritual o como quiera llamarse.

Sin el tiempo no es posible juzgar el grado de unión y a veces ni tan siquiera el tipo de relación que se está viviendo: amistad, simple ayuda, camaradería...Creo que es algo bonito del ser humano que el trato requiera normalmente un ritmo suave, como el de la naturaleza, para echar raíces y afianzarse. Y es ahí por donde vienen muchas desilusiones, desencantos, dimes y diretes, "si yo lo hubiera sabido antes..."

Es cierto que la sintonía es algo que se puede vislumbrar con unas pocas horas de intercambo de experiencias. Pero de ahí a forjar algo sólido va un trecho. Una relación asentada y madura, de cualquier tipo, está cosida con llanto y alegría compartida, con diversidad de aventuras comunes y esfuerzos mútuos por algo que merezca la pena; con discusiones y palabras suaves. Y todo esto requiere... tiempo. Si tuviéramos la sensatez de otorgar perspectiva a las relaciones para valorarlas en su justa medida y la valentía de llamar a las cosas por su nombre, no habría tantas sorpresas ni tan grandes decepciones. Más bien el comentario sería: "es lógico...".

Una pizca de conocimiento propio no va mal tampoco para el hatillo de un peregrino de la vida. Un escritor fascinante, tal cual es Julio Verne, se lanzó hace más de un siglo a la creación de la novela científica; y lo logró. Tenía, al principio de su carrera, la noción de que el hombre, con la técnica y el raciocinio llegaría a la conquista final de todo. Pero se olvidó de lo más importante: la batalla del espíritu. Murió de un modo extraño. Ni de su padre recibió amor, comprensión, promoción, ni se lo supo dar a su hijo. No se entregó a querer a su esposa y ni siquiera se casó por amor. Muere ciego, inválido, medio sordo y algo sombrío. Aunque ahí queda su portentosa obra literaria.

Se podrían leer novelas maravillosas o incluso escribirlas, pero si no se sabe lo fundamental ¿de qué nos sirve a nosotros? Si en lugar de juzgar al de al lado, sin conocer su pasado, sus heridas, su situación actual, su pequeño o largo itinerario, nos dedicáramos a acogerlo, profundizar en él con suavidad, disculparlo, o sincerarnos con él llegado el caso; y si empezáramos por intentar conocernos y acogernos a nosotros mismos, entonces... puede que tuviéramos menos brillo, pero gozáramos de una cierta sabiduría de vida.

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