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La vida es lo único que tienes

por Abel Díaz

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Pero son pocos los que han arrojado el ancla en el amor. A veces intuimos que sólo las personas son capaces de llenarnos el corazón, pero incluso así, podemos errar el camino. No debemos acercarnos al amor, a las personas, como el náufrago que anhela a toda costa aferrarse a un madero o a un chaleco salvavidas. Porque si nos asimos así a las personas, podemos hundirlas. En otro artículo hablaremos de las consecuencias que esta actitud puede suponer en la vida de pareja. Pero el gran descubrimiento no consiste únicamente en darnos cuenta de que sólo por amor merece la pena vivir; sino en descubrir dónde está la fuente de ese amor y cómo mantenerlo vibrante, hasta el final de nuestros días.
Frente a todas estas actitudes, la realidad es la misma: Queremos vivir intensamente. Queremos acabar el día cansados, pero por algo que merezca la pena. Poseer una vida plena, que desborde. No ir por ahí mendigando nada, ni siquiera amor; darnos cuenta de que el amor está dentro de mí y lo tengo en cantidades abundantes para llenarme a mí y a todo el que se cruce por delante.

Ante todo esto, cabe decir: tantas horas de TV ¿para qué? Tantas actividades que no me aportan nada, ¿para qué? Al final de la vida no me recordarán por lo que compré, o porque fui un gran profesor de inglés o un gran vendedor. Me recordarán por lo que amé. Sería bonito si pudieran escribir en nuestra tumba el siguiente epitafio: amó mucho y amó a muchos.

Cuando, hace unos días, hablaba en estos términos con un amigo, me decía: "La verdad es que me siento interpelado, pero soy un poco escéptico. ¿Qué hacer?" Y yo le contestaba. La inquietud no es más que un reflejo vital, un coleteo del corazón que dice: es cierto, aspiro a más. ¿qué hacer entonces? Pues seguir dejando que nuestro interior se queje. Detrás de las quejas, del dolor, decía Ignacio de Loyola, si seguimos escarbando encontraremos nuestros mayores anhelos, a menudo llamadas claras a echarse andar por otros caminos. Pero no quedarnos en la queja, sino rebelarnos. El descubrimiento, tan viejo como el hombre, es darse cuenta de que estamos llamados a un crecimiento continuo en el amor. Y toda la vida es proceso. La felicidad, como dice Julián Marías tiene algo de estático, de instalarse en lo que verdaderamente merece la pena; pero también tiene algo de dinámico, de hacerse. El hombre, es por naturaleza un buscador, pero en la práctica nos rendimos pronto y nos vendemos a bajo precio.

Y ese hacerse, que propone el filósofo, no consiste en hacer muchas cosas sino en ser honrado consigo mismo y decirse: "esto se me queda pequeño, no me conformo" y seguir buscando hasta encontrar aquello para lo que estamos hechos: un amor sin medida, que no se desgasta, sino que se regenera al amar.

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